CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA (Número 13)
 

"TROPPO VERO" ASPECTOS FILOSÓFICOS Y MORALES DE LA RETRATÍSTICA VELAZQUEÑA

Juan Molina Cortón

EL GÉNERO RETRATÍSTICO COMO FUENTE DE INDAGACIÓN HUMANÍSTICA
En sus orígenes, la retratística fue considerada como un género pictórico menor, secundario, en cierta medida, incluso, antiartístico. Antiartístico porque el retrato planteaba una permanente tensión con el concepto vigente de pintura: si el retrato no podía dejar de imitar un modelo y si sólo en tanto que lo imita es retrato, no es, sin embargo, por eso por lo que es pintura; en consecuencia, cuanto más el retratista fuera realmente pintor menos sería su obra un retrato. Había algo en la retratística, el imperativo individualizador, que se alejaba inevitablemente de los cánones platónicos del arte en virtud de los cuales éste debía buscar la belleza y por tanto abstraer, no individualizar. Por todo ello, un gran retratista no era considerado un buen pintor y tenemos pruebas sobradas de que así era: desde el "Quattrocentro" apenas se redactaban contratos para la realización de retratos a diferencia de lo que ocurría con otras pinturas; los tratadistas (incluso ya bien entrado el siglo XVII) solían recelar del retrato y hasta un artista como Velázquez hubo de enfrentarse a la acusación, a su llegada a Madrid, de que tan sólo sabía pintar cabezas.

No obstante, para cuando esta acusación se produjo, el papel de la retratística estaba empezando a cobrar un carácter moderno. P. y G. Francastel introdujeron en su ensayo sobre el retrato la definición, recogida en la Enciclopedia Británica, de tal concepto: "evocación de ciertos aspectos de un ser humano particular, visto por otro"1. La concepción inicial de la retratística ha experimentado un giro copernicano. En sus comienzos, la retratística emana de un género netamente pictórico como era el religioso en torno al "donante" y se va abriendo camino durante décadas a través del perfil quattrocentista, heredero de esta tradición y de la numismático-conmemorativa. Si bien ciertas manifestaciones de la retratística flamenca, con su característica imagen especular, quedan un tanto al margen de este proceso, puede decirse que a comienzos del siglo XVI el retrato renacentista da un salto, intentando aproximarse al temperamento y el carácter conforme a un principio de idealización de lo fisiognómico. La "pose" como tipología y la dignidad de los retratos clasicistas se enmarcarían en esta dirección, esencialmente pictórica y no tanto retratística "stricto sensu". En cualquier caso, este trascendental cambio aún estaba controlado por el clasicismo: el afán idealizador sigue siendo manifiesto y la obra parece "cerrarse" al espectador; la subjetividad del pintor y, sobre todo, del espectador, apenas han encontrado todavía sus cauces. El Manierismo parece generar ese "ámbito" ante el cuadro donde se encuentra el pintor y donde nos encontramos los espectadores pero parece generarle para ahondar más si cabe la distancia con lo pintado. Es en la retratística barroca y muy especialmente en Rembrandt y en Velázquez, donde ese ámbito y el cuadro alcanzan sus vínculos modernos; son los frutos de ese "pincel moderno" como Lope de Vega calificó a la manera velazqueña.
¿Por qué la retratística barroca es la primera retratística moderna?si bien conviene matizar que no nos hallamos ante una ruptura revolucionaria sino más bien ante las consecuencias de una evolución (así lo prueba, por ejemplo, algo sobre lo que hemos de volver, como es la deuda de Velázquez para con Tiziano), la respuesta podemos encontrarla en el hecho de que es la primera que se aproxima a una definición contemporánea del retrato como la que citábamos antes. No estamos ya ante un retrato en sentido puro, se trata de una pintura como realidad lo cual, llevado a una interpretación estricta, supone la contradicción con el retrato que alcanzara, andando el tiempo, incluso al no parecido y a situaciones paradójicas como el conocido comentario de Picasso a propósito del retrato de G. Stein. En Rembrandt o en Velázquez el mantenimiento de la verosimilitud exigido por las normas aristotélicas no nos lleva tan lejos pero sí a una visión subjetiva, pictórica del retratado aunque no ya, como antes, mediante procesos idealizadores, sino a través de una rigurosa, científica, aproximación a la realidad tangible que, en el retrato, lo será de la realidad humana. "Tanto queda parecido que se niega pintado" apuntó sutilmente Quevedo acerca del realismo de Velázquez 2 pero, precisamente, la magia mimética nace del carácter pictórico del cuadro, es decir, ficticio y subjetivo.

Weisbach señaló que el auge de la retratística en los siglos XVI y XVII es una manifestación del pesimismo antropológico de aquella época3. No cabe duda de que las generaciones manieristas y barrocas fueron esencialmente pesimistas, desengañadas, pero este pesimismo era ya diferente del medieval: ya no hay desprecio ni abandono del mundo. La consideración del mal moral ya no produce ni una tendencia a escapar de las circunstancias ni una voluntad de reforma, lo que en buena medida explica que este fuera un campo abonado para que en él germinará el pensamiento neoestoico. Por eso, el retrato se convierte ahora mucho más que antes, en indagación humanística a través de lo pictórico, es decir, indagación de lo humano desde lo humano.

LA FORMACIÓN FILOSÓFICA Y HUMANISTA DE VELÁZQUEZ
Afirma Palomino4 que Velázquez cursó estudios en sus años de formación y que destacó en filosofía. No fue la suya una formación universitaria, que por aquellas fechas hubiera tenido un marcado carácter escolástico, sino encauzada, a través de su maestro Pacheco, en los animados círculos intelectuales de la capital hispalense imbuidos por entonces de la alternativa ideologíca que la época presentaba a la escolástica: el pensamiento neoestoico5.
Es indemostrable y seguramente sería equivocado afirmar que Velázquez fuera, pura y simplemente, un neoestoico. Es muy escasa la información directa que de él tenemos y su personalidad y carácter se nos muestran muy complejos para una ubicación ideológica tan explícita; incluso algunos aspectos de su vida privada podrían sugerir lo contrario. Desde estas páginas sólo pretendemos mostrar como esta corriente de pensamiento no le resultaba ni mucho menos desconocida, como contactó e incluso alcanzó cierta comunicación cultural con conspicuos neoestoicos y, por último, como, a nuestro parecer, algunos de sus principios se encuentran presentes en ciertos aspectos tanto de su propia vida como, lo que resulta más importante, de su obra y, en especial, de su retratística.

La particular coyuntura histórica en que concluye el siglo XVI y se inicia el XVII favorecía el desarrollo de un clima cultural de desengaño que encontraba consuelo en una filosofía dispuesta a conjugar los principios del cristianismo con los del estoicismo antiguo. El hombre, impresionado por un ambiente de crisis, se retrae dentro de sí y hace de la vida humana el objeto de meditación por excelencia. La rica tradición del erasmismo facilita la inserción del nuevo pensamiento con el que le unían estrechos vínculos.
Al igual que el erasmismo, el neoestoicismo tuvo su origen en los Países Bajos, con un gran adalid, el filólogo Justo Lipsio (1574-1606). Interesa especialmente a Lipsio, cuya propia vida es un ejemplo de sencillez y modestia, la obra de Séneca como fundamento para su concepción de la moral y la filosofía. En ello el eramismo se erige en su precursor pues Erasmo había sido el primer editor crítico de la obra de Séneca. Esta vocación por la obra del filósofo cordobés tenía que encontrar eco en el espíritu español, sobre todo cuando la norma del "sustine et abstine" resultaba especialmente válida para su tesitura y el senequismo era la vertiente del estoicismo antiguo más próxima a las posturas cristianas lo que simplificaba su adhesión al proceso cultural peninsular6.
Mucho se ha escrito, influjo neoestoico aparte, de la ascendencia del pensamiento de Séneca en la historia espiritual de España. Una serie de autores, desde Ganivet pasando por M. Pidal o Sánchez Albornoz han aceptado al senequismo hispano. Frente a esta idea se alzó en su día A. Castro. Compartimos al respecto la ecléctica posición de J.L. Abellán: si bien no parece sostenible la idea de su senequismo indeleble si es cierto que nuestra evolución cultural ha convertido a los principios de Séneca en algo recurrente, en función de un conjunto de circunstancias favorables. En especial, como dijo Ganivet, lo que aflora una y otra vez y llamamos especialmente la atención sobre los adjetivos empleados, es el estoicismo "natural y humano" de Séneca7.
Hace unos años P. Vilar afirmaba acerca de esa primera gran crisis del imperio español que abarca todo el reinado de Felipe III: "la crisis no fue menos aguda en las conciencias que en los hechos"8. Este estado de las conciencias facilitó la propagación de las ideas estoicas que poco antes habían empezado a introducirse en la Península. Puede decirse que su arranque se sitúa hacia 1588 con el éxito en España del libro de Lipsio "De constantia". Desde entonces se inicia una abundante correspondencia entre el pensador flamenco y buena parte de la "inteligüentsia" española, de la más veterana (Arias Montano, el Broncese) hasta la más joven (Quevedo).

No debe sorprendernos que el nuevo pensamiento cuajara con intensidad en Sevilla. La mayor ciudad de aquella España era un destacado núcleo cultural directamente relacionado desde bastante tiempo atrás, merced a la intensa actividad económica generada por el tráfico indiano, con los Países Bajos. A la ciudad andaluza llegaban, entre otras mercancías flamencas, láminas, grabados (a los que accedería el joven Velázquez) y también, claro está, libros.
El conocimiento del "De constantia" ganó para la causa de Lipsio a unos primeros admiradores entre los que se encontraban Arias Montano y Baltasar de Zúñiga, quien llegaría incluso a conocer personalmente a Lipsio durante su estancia, como embajador, en Bruselas. Según el propio Arias, era en Sevilla donde se encontraban la mayor parte de los admiradores españoles de Lipsio9. Entre ellos pronto se incluirían también los asiduos de una academia culterana apoyada por el tercer duque de Alcalá,10 de la que participarían Francisco Pacheco y otros artistas y pensadores próximos a su escuela como Jáuregui, Calatayud, Rioja o Fonseca. Igualmente participaría de este marco cultural D. Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, sobrino de Zúñiga y quien desde su infancia había estado en contacto con la obra de Lipsio. A su vuelta a Sevilla en 1607 se pone en contacto con el grupo de los Pacheco, Fonseca, Rioja... . Andando el tiempo, cuando acceda al poder de la mano del nuevo monarca, Felipe IV, Olivares se rodeará de inmediato en Madrid de esta élite, al menos de aquella que compartía "grosso modo" generación con él: Rioja sería su bibliotecario, Fonseca su sumiller y Velázquez, el principal discípulo de Pacheco (y ya por entonces su yerno), no tardaría en llegar, llamado por Fonseca, a petición de Olivares. No cabe duda de que el encumbramiento cortesano del pintor a través de Olivares, del que Velázquez se reconocía "hechura"11, tuvo bastante que ver con la común relación con tan destacado contexto cultural, configurado en torno al pensamiento neoestoico.

No concluyeron en Sevilla los contactos velazqueños con la órbita del neoestoicismo. Ya en su primera visita a Madrid el pintor empezó a relacionarse con la vanguardia cultural de la corte. Con la carta de presentación que suponía su relación artística y familiar con Pacheco pudo conocer a Góngora (a quien retrata ese año, 1622). A partir de la llamada de Olivares en 1623 y su definitivo asentamiento en torno al rey, al aval cultural de Pacheco se une su pertenencia al todopoderoso grupo creado en torno al conde-duque. Es por estos años cuando Velázquez debió entrar (son pocos los datos concretos que conocemos al respecto) en relación con Francisco de Quevedo, entonces ferviente admirador de Olivares. El genial escritor, antiguo corresponsal de Lipsio en España, llegó a representar en una comedia laudatoria ("Como ha de ser el privado") al conde- duque como a un segundo Séneca12 lo que ilustra tanto sus posicionamientos políticos como intelectuales. Desde luego Quevedo sabía de la obra de Velázquez y con detalle como demuestran los versos de su silva "Al pincel", fechada en 1629, es decir cuando Velázquez llevaba seis años instalado en la corte. Acaso fuera de esta época el retrato del poeta que sabemos por Palomino realizó el pintor y que conocemos, más o menos fielmente, por varias copias que se han conservado. Sea como fuere, el contacto entre ambos debió ser intenso, aunque quizá sea algo exagerada la opinión de Astrana y de Papell según quienes la amistad sería íntima13.
Con independencia de que la amistad personal fuera mayor o menor nos encontramos entre ambos genios artísticos con bastantes más similitudes de lo que, en principio, pudiéramos suponer. Se ha puesto en relación la obra de Velázquez con la concepción del orgullo de la hidalguía tal y como aparece en el teatro del Siglo de Oro y, en particular, en la dramaturgia calderoniana; sin embargo en pocas ocasiones se ha relacionado al pintor sevillano con el gran ingenio literario madrileño. Así lo hizo M.A. Asturias quien apreció un "singular paralelismo de temas y tratamiento" en la obra de ambos artistas14 . Los dos, considera, empezaron describiendo el mundo con los rasgos más crudos, con el más desgarrado realismo. En el escritor a través de la sátira del "Buscón"; en el pintor mediante el intenso claroscuro de su etapa sevillana. No obstante con el tiempo el rigor se atenúa; pintura y palabras se tranquilizan, se van cargando de humana compasión. Las obras de ambos se dan cita en el núcleo mismo del sentir barroco. Abellán ha destacado como, bajo aparentes contrastes, el pensamiento de Quevedo presenta una unidad de fondo: constantemente muestra su preocupación por el desengaño encarnado en la imposibilidad sensorial de distinguir el ser del parecer15, lo que obliga a atenerse cartesianamente al criterio racional. Este mismo drama está presente (aunque más uniformemente) en la obra velazqueña en la que, como en Quevedo gravita otro elemento no menos esencial en la estética barroca: la aguda concepción del tiempo.

Si la relación con Quevedo fue, como creemos, mutuamente enriquecedora (cuando menos el escritor fue uno de los más sagaces críticos contemporáneos del pintor) otro tanto pensamos poder decir y en ello las pruebas son más abundantes, de los contactos de Velázquez con Rubens.
Peter Paul Rubens pasa por ser uno de los grandes prebostes del arte barroco europeo. Caballero acomodado, al margen de su actividad pictórica desempeñó tareas diplomáticas que le convirtieron en figura destacada y prestigiosa de su época. No obstante, bajo esta superficie de gloria mundana yacía una cosmovisión teñida de sentimiento neoestoico y sensiblemente influida por su compatriota Lipsio. Rubens encontraba en la nueva corriente ideológica esa fusión de cristianismo y cultura clásica que tanto armonizaba con su espíritu16. Había en él una aceptación serena del destino como principio adecuado para alguien que padecía la guerra civil en su país (de resultas de la cual su familia había tenido que exiliarse, exilio en el que había nacido el propio pintor). Había en todo ello un punto en común con la biografía velazqueña: la del sevillano fue también, en líneas generales, una vida sin grandes sobresaltos, con acomodo, pero rastreamos, a veces (así hay que reconocerlo) intuimos más que verificamos, uno poso de profunda incomodidad personal que, ocasionalmente, aflora en una vida por lo demás presidida por ese gran principio, defendido con entusiasmo por Lipsio, que es el sentido barroco de la prudencia.

Parece ser, como nos dice Pacheco, que Rubens y Velázquez mantenían correspondencia antes de la segunda visita del flamenco a España en 1628-9: "Con pintores comunicó (Rubens) poco, sólo con mi yerno (con quien se había antes por carta correspondido) hizo amistad y favoreció mucho sus obras por su modestia"17. Según Vosters esta correspondencia debió comenzar en 1625 cuando Rubens hizo las correcciones del dibujo de Olivares según el arquetipo de Velázquez18. Conviene llamar la atención del motivo que Pacheco señala como determinante de la admiración de Rubens por la obra de su yerno, la modestia. Curiosamente esta es la misma razón por la que Palomino alaba la obra rubensiana19 .Ya hace años Ortega y Gasset hizo hincapié sobre la enorme trascendencia del contacto de Velázquez con Rubens en 1628-9 y decía "el influjo de Rubens sobre el joven Velázquez (recordemos que les separaban 22 años, Rubens había nacido en 1577 mientras que Velázquez nació en 1599) ha de buscarse más en la visión general de la vida que en materia pictórica"20. Vosters ha abundado en esta premonitoria idea de Ortega y para él Velázquez "seguramente fue receptivo para las largas horas de conversaciones con el maestro21.
No es fácil rastrear qué temas surgieron en esos, cabe suponer, fecundos encuentros. Sí sabemos, empero, que Rubens traía consigo, entre otros asuntos que abordar, encargos de anticuarios y filólogos provenientes de Flandes. Sería éste el motivo de la visita a la biblioteca de San Lorenzo de El Escorial en compañía de Velázquez (noviembre, 1628), donde Rubens buscaría manuscritos de Marco Aurelio para Jan Gaspar Gevaerts22. No cabe duda que semejantes móviles debieron suscitar interesantes conversaciones no muy alejadas del espíritu estoico pues ¿cómo encuadrar filosóficamente las meditaciones del emperador romano?. Creemos que puede aducirse que el encuentro con Rubens fue un eslabón más y no el menos importante, entre otras muchas cosas, de la vinculación velazqueña con el entorno del pensamiento neoestoico que evidentemente ya conocía de su formación sevillana y de sus primeros años en Madrid.

LA "ETHOS" VELAZQUEÑA: ENTRE LA FLEMA Y LA PRUDENCIA
Para su época y oficio, Velázquez alcanzó una estimable cultura de lo que es buena muestra la biblioteca que poseía a su muerte, con un total de 154 títulos, cifra extraordinaria en el siglo XVII español. Ya hemos aludido a la dimensión filosófica del pintor, desde siempre reconocida en su obra. Dice Antonio Ponz en su "Viaje por España": "fue (Velázquez) erudito y filósofo y después de sus luces que adquirió en la carrera de las letras, ejerció filosóficamente la pintura"23. Su actitud, humana y artística, no es la del "sophos", sino la de quien se aproxima al conocimiento sin llegar a aprehenderlo, la del amante que nunca llega a poseer a la amada sabiduría24. Apuntábamos más arriba la participación de Velázquez en el drama tan barroco del desengaño, consecuencia (como opina Spitzer) de la colisión entre la conciencia de lo carnal y de lo eterno Quevedo, decíamos, se aferra, ante tal encuentro, a la razón cartesiana. A su modo, otro tanto ocurre en el pintor de quien se ha dicho, desde Ortega, que pinta la realidad "en tanto apariencia". Nos hallamos ante una vertiente plástica de la célebre duda metódica.

Detrás de Velázquez encontramos siempre una atmósfera de sosiego, de calma. Si aceptamos, con Heráclito, que detrás del destino de un hombre se encuentra su carácter se nos aparece una vida flemática, aparentemente imperturbable. Se diría que su personalidad está dominada por esa "apatheia" de los estoicos antiguos pero en él no encontramos las actitudes que el propio Quevedo criticaba por inhumanidad: en él, como en Séneca, no hay insensibilidad ante los afectos. Creemos que todo lo contrario: su flema observa el mundo sin juicios pero con comprensión, humanidad profunda que le confiere una manifiesta singularidad. Hay en su mentalidad y, por ende, en su obra, un compromiso con lo humano que hace suyo el viejo proverbio latino "homo sum, nihil humani a me alienum puto". Incluso detectamos abandonos ocasionales de esa aparente "apatheia" por motivos profundamente humanos desde la, para él y para nosotros, noble atalaya que suponía su arte pictórico. Así actúa cuando la dignidad y la categoría intelectual de la pintura están en juego: con el aire soberbio con que encara a Inocencio X o la altivez del retratista que se retrata retratando en Las Meninas. No es casual que el pintor se inmortalice con el pincel en alto, en esa consumación del "disegno interno" de la creación, superior a la ejecución, meramente técnica25. El artista se sabe más intelectual que artesano. Manet lo definiría con nitidez "es el pintor de los pintores".

Como hombre de a pie, Velázquez se nos presenta como plenamente integrado en su sociedad de cuya cosmovisión participa de manera sobresaliente. Es la suya, como ocurre con la de Rubens, la vida de un hombre "prudente", llevada con ese "cuydado" barroco. Sin embargo, hemos señalado como parece encontrarse en su trayectoria vital un poso de disidencia. El conocimiento de su paternidad natural, fruto de su segundo viaje a Italia, resultó hace unos años un auténtico aderezo para una biografía aparentemente insípida. En ocasiones, la insatisfacción es intensa, sobre todo en lo referente al debate en torno a la dignidad de la pintura y del pintor, no reconocida en España y que él hubo de sufrir en sus carnes. El expediente abierto para la concesión del hábito de caballero de la orden de Santiago revelaba, al final de sus días, los motivos de su malestar: los recelos de su sociedad a la posible "impureza marrana" de su origen, la probabilidad, acusatoria, de que alguna vez se hubiera ganado la vida "manchándose las manos" para pintar, como en otros oficios tenidos por viles. Pero, por lo general, la respuesta velazqueña a ese poso no es otra que una conducta melancólica y solitaria. Quizá en ello tuviera alguna influencia su ascendencia lusitana: encontramos en la vida y en la obra del maestro una cierta "saudade" resignada. En una ocasión escribió el conde-duque de Olivares, "son muchas las cosas que fuera mejor no ser como son, pero mudarlas sería peor"26, estoica visión que parece corroborarse en lo velazqueño. Según M.A. Asturias ese sentimiento de melancolía es la máxima contribución del pintor a la sensibilidad estética universal27, melancolía que participa de la quevedesca idea de la vida como cárcel, como inexcusable ámbito de humana soledad28.

LA RETRATÍSTICA
Decía Ortega y Gasset que Velázquez hizo del retrato "principio radical de la pintura"29. Ciertamente el género encontró en su generación y en especial con él y con Rembrandt momento cimero en su historia.
Si bien convertido en retratista por exigencias de su propia biografía, encontramos ya un gran interés por la individualidad humana desde su etapa sevillana30. Cuenta Pacheco al respecto como el pintor, aún muchacho, tenía a su servicio a un aldeanillo "que le servía de modelo en diversas actitudes y posturas, ya llorando, ya riendo, sin perdonar dificultad alguna"31. Se han identificado los rasgos de su esposa Juana, de su suegro Pacheco e incluso de él mismo en algunas de sus obras juveniles.
Es a partir de su primera llegada a Madrid cuando se inicia la eclosión velazqueña. Quizá el primer influjo, a veces olvidado acaso por lo sorprendente, sea el del Greco, si no en los aspectos técnicos si en la dimensión autorreflexiva que tenía la retratística del candiota. A este ascendiente se unen, poco a poco, con su establecimiento en la corte, el de la tradición de los retratistas palatinos (A. Moro, Sánchez Coello ...) y, sobre todo, el de Tiziano.

El retrato de Velázquez iba a mostrar lo visible, sería pues realista pero toma de la realidad sólo algunos elementos, casi siempre pocos, los precisos para construir su realidad pictórica. El retrato se convierte en visualidad o mejor en visualización pues frente al impresionismo con el que tantas veces se le ha relacionado no ofrece meros datos visuales sino, como apuntaba Maravall, la "unidad vivencial de un sentido interno". Es una pintura pura que se sitúa en paralelo con la actitud del pensamiento científico y filosófico coetáneo. Quevedo lo observó con sagacidad: Velázquez pintaba "manchas distantes", que son verdad en él, no semejantes"32. La pintura ya no es la mímesis de la realidad del modelo, sino la presentación de esa realidad en tanto expresable en el cuadro e interpretada por el artista.
Las "manchas distantes" enlazaban con la tradición veneciana, con esa manera fluida de Tiziano, aquel genio que "hacía aparecer en cuatro pinceladas la promesa de una rara figura"33. Velázquez pudo conocer con detalle la obra tizianesca en las colecciones reales de Madrid, donde se encontraba espléndidamente representada tanto en calidad como en cantidad34 y, más tarde, en la propia Venecia. El influjo en el sevillano de ese prestidigitador del color que fue el maestro de Cadore es palpable lo que fue ya apreciado por sus propios contemporáneos: "Mucho amaba (Velázquez) a estos pintores (los venecianos) / y sobre todo a Tiziano" escribió Boschini35. Poco a poco la rudeza de su pintura sevillana fue suavizándose y son la luz y el color los que van convirtiéndose en auténticos configuradores plásticos. La literatura artística de la época se hace eco de esta fórmula y alude a la pintura "a lo valentón", al "furor natural" o, desde otro orden de cosas, a la "pintura rugosa" Van Mander), para contrastarla con la textura tupida y las técnicas de la llamada en España, aunque no despectivamente, "Manierona"36.

El retrato velazqueño participa de esas dos grandes actitudes ante la realidad que son el cultismo y el conceptismo barrocos. A veces se ha tendido a considerarlas excluyentes pero encontramos ocasiones en que los juegos de ingenio, la madurez intelectual, no nos separa de una visión descriptiva de la realidad al son de la tradición verista, fortalecida en la segunda mitad del siglo XVI, que marcara la "Poética" de Aristóteles37. Si bien las necesidades históricas de la Reforma Católica hicieron prevalecer a la tendencia naturalista, se mantienen en la creación artística unos ideales, más allá de la mera mímesis articulados mediante un conjunto de efectos, lúdicos o didácticos, y de instrumentaciones de la ficción38. En el caso de la retratística de Velázquez, la simple alusión a Las Meninas entiendo que ejemplifica suficientemente la coexistencia de ambas actitudes en modo singular.
Se ha hablado y escrito mucho acerca de la capacidad de penetración psicológica de los grandes retratos de Tiziano, Rembrandt o Velázquez: Maravall señala que realmente en ellos lo que encontramos es un "episodio biográfico". Creo que la afirmación es mucho más atinada para el pintor español que para el veneciano o el holandés sobre todo cuando la matiza definiendo los retratos del sevillano como "momentos de experiencia"39. Se pinta biografía pero no ya sólo del retratado sino y sobre todo del retratista que es quien pinta lo que ve. En ello encontramos algo análogo a lo que, simultáneamente, estaba ocurriendo en la novela picaresca: si el "Lazarillo" se desarrolla en tercera persona, el "Guzmán" o el "Buscón" nos hablan y hablan para sí. La primera persona sustituye a la tercera para intensificar una capacidad expresiva que permite acercarse más y más al lector. También encontramos actitudes similares en el teatro, todas ellas dominadas por un común deseo de aproximación al receptor de la obra genuinamente barroco.
La conducta de Velázquez ante el retrato introduce como valores esenciales al subjetivismo y al historicismo. Es con el pensamiento de Descartes con el que la cultura europea se adentró en un modo de interpretar globalmente el cosmos dirigido por la razón individual. El pensador asume el mismo papel en la filosofía cartesiana que el pintor en la retratística de Velázquez. En ocasiones, se ha establecido el parangón entre el filósofo y el artista (por otra parte, rigurosamente contemporáneos), bastante congruente en muchos aspectos; para lo que a nosotros nos interesa, conviene no pasar por alto el componente estoico del pensamiento cartesiano, manifiesto en algunas de sus obras y muy en especial en su postrero "Tratado de las pasiones" (1649).

Más arriba apuntábamos como la retratística velazqueña va pasando de la rudeza inicial a una mayor suavidad fruto de una evolución original a la que no faltaron, como hemos visto, influjos. En el tramo maduro de su producción, el de "pintura, pintura" (J. Gállego). Velázquez se eleva a la cima de su arte. Su pintura alcanza una nueva concepción espacial con una noción digamos crítica del "continuum" de la física de Galileo o la filosofía de Descartes. Es este "continuum" el espacio propio de la pintura barroca, el de Rubens por ejemplo. No obstante, Maravall señala creo que atinadamente que los retratos velazqueños se nos muestran envueltos en su propia perspectiva y con ello se aproxima, en cierto sentido, a la idea de Ortega y Gasset acerca de los "planos discontinuos" en Velázquez40. Parece como si su obra se adelantara al acalorado debate acerca del concepto de espacio absoluto entre sus defensores newtonianos y sus detractores, con Leibniz, y tomara partido por las posiciones de éstos41.
En relación con la impresión espacial y con la técnica pictórica apuntadas se encuentra esa sensación de no acabado que impregna la obra velazqueña. Maravall alude a ello como un procedimiento de suspensión a la espera de que el espectador añada lo que falta, lo que se convierte en un nuevo ardid para "introducir" al espectador en la obra. En un sentido menos técnico y más filosófico Ortega y Gasset creo que entendió con acierto el trasunto ideológico de este supuesto "no acabado" cuando escribía: "a sus contemporáneos les parecía que no estaban acabadas de pintar (las figuras)... Había hecho el descubrimiento más impopular: que la realidad se diferencia del mito en que no está nunca acabada"42.

La enjundiosa reflexión precedente nos devuelve al historicismo de la pintura de Velázquez y, muy en especial, de su retratística. Esta dimensión historicista tiene un espacio, al que ya nos hemos referido, pero también un tiempo. Uno de los fundamentos del clasicismo había consistido en alejar a la obra de arte de la coordenada temporal en aras a la consecución de un valor eterno. Velázquez pretende alcanzar ese valor pero desde la actitud inversa: captando el instante, la dimensión temporal de lo cotidiano y congelándolo; es decir, algo semejante a lo que hoy pueda hacer la fotografía pero elevándolo artísticamente (por ello se ha cernido sobre el arte velazqueño el equivocado aunque comprensible calificativo de "fotográfico"). El pintor sevillano pretende eternizar el instante, dar entrada al tiempo en su pintura. Así lo vio con agudeza Valle-Inclán cuando afirmó que Velázquez "enlazaba las horas" con sus pinceles43. Al temporalizar el presente pintado, el pintor aborda al ser humano retratado (y al resto de la realidad) en cuanto condenados a dejar de ser desde esa perspectiva tan cristiana y tan barroca de la efimereidad de la vida. Hay en los personajes retratados por Velázquez algo de ese "autorretrato" de Quevedo: "soy un fue y un será y un es cansado". Esa dimensión temporal es esencial para la obra del maestro y permite, por sí sola, definirla toda. Así lo hace, magistralmente, R. Alberti cuando la denomina "roce fugaz de un ala perdurable"44.
Ante el pintor cuando retrata aparecen hombres, mujeres, niños, como realidades humanas en su plena individualidad, irrepetibles en la historia que no es sino espacio y tiempo bajo el prisma de lo humano; para él, retratista, no aparecen como categorías jerárquicas sino como sujetos esenciales de su arte en lo que participan por igual desde reyes o pontífices hasta bufones o pordioseros. Es aquí donde radica el humanismo profundo, esencial, del arte velazqueño. Afirmaba Maravall que es difícil descubrir en los cuadros del sevillano valoraciones morales; incluso llega a concluir que tales no existen quedando reducida esta dimensión a "singularidades en la manera de presentársenos lo humano"45. A mi entender, la actitud artística e ideológica del pintor ante sus retratos y, por ende, ante el hombre que el profesor Maravall apunta es, en sí misma, altamente moral. Velázquez plasma pictóricamente la esencia de la dignidad del individuo como tal, por el hecho de pertenecer al género humano. Su retratística (conviene valorar, como señalaba Ortega y Gasset, la obra completa de un artista para extraer conclusiones ideológicas) auna, en una suerte de "hora de todos" quevedesca, lo cómico y lo trágico, lo apolíneo y lo dionisíaco del hombre que no son sino perfiles dispares de un común rostro humano. Semejante actitud filosófica y artística la encontramos en la Antigüedad en la obra de autores como Plauto o el mismo Séneca. El estoicismo había hecho, y hacia en el Barroco, especial hincapié en la dimensión trascendente del hombre: "homo res sacra homini". En ello el retrato velazqueño parece compartir, conscientemente o no, un principio básico de ese pensamiento.

LOS RETRATOS
El íter retratístico velazqueño es un auténtico abanico de episodios de lo humano que el pintor conoció desde su doble experiencia personal y artística. Cuando el retratado goza de los oropeles propios de la gloria terrenal (familia real, dignidades eclesiásticas, aristócratas) el artista parece escoger de su realidad aquellos elementos que faciliten su "reducción" a un común denominador humano. No busca en él inmortalizar su papel social o su jerarquía sino la impresión de su existencia individual.

Ante la retratística susceptible de lectura "heróica" (la mayoría pues los tratados de arte hasta entonces entendían al retrato como vehículo de lo "memorable"), Velázquez procura que su versión mitigue al máximo posible cualquier interpretación en clave épica. Uno de los casos más notorios de lo que apuntamos lo encontramos en una obra de temática histórica e integrante de un programa -en cuya elaboración interviene el pintor- ensalzador de las gestas de la Monarquía Católica; me estoy refiriendo a la Rendición de Breda. Si bien no se trata de un retrato propiamente dicho, la protagonista figura de Ambrosio de Spínola, marqués de los Balbases, sí responde a las características de un retrato. la lectura del cuadro y también, obviamente, del retrato de Spínola debe centrarse en ese "puente" generoso entre la desdicha y la fortuna que marca el brazo del vencedor Spínola sobre el hombro del vencido Nassau. Velázquez conoció ampliamente a Spínola (con quien viajó a Italia en 1629) y debió tener noticia de su espíritu senequista así como de su amistad con Rubens y con el padre Hugo (quien era, además, su confesor). Este último escribió una obra, la "Obsidio Bredana" (1626) que traducida al año siguiente acaso fuera tenida en cuenta por el artista para la elaboración de su cuadro46. Lejos de la prepotencia ante la victoria, el gesto de Spínola define mucho de su personalidad y de la del pintor. El militar hispano muestra su reconocimiento al holandés. También el joven Calderón se había hecho eco de este aspecto en su pieza teatral sobre Breda y que también pudo ser fuente de inspiración para Velázquez; en ella escribe "el valor del vencido hace famoso al que vence"47.
En el retrato de Spínola en Las Lanzas Velázquez se inclina por mostrar la actitud más humanitaria de las posibles pero con ello no vulneraba los consejos que sobre la retratística de los grandes hombres daban los tratadistas del Manierismo. Lomazzo, Zuccaro (o Carducho) recomiendan que al retratar a personajes egregios no se les represente en el acto que por ventura hacían sino en el que debían hacer. Es esta una concepción platónica, universalista y poética del retrato. Por eso, con el recuerdo de la Poética aristotélica, el Pinciano distingue al poeta y al historiador: uno se dirige a mostrar lo universal mientras el otro orienta su camino hacia lo particular. Velázquez poseía textos de los tratadistas del Manierismo en su biblioteca así como la obra del Pinciano, no cabe duda pues de que estaba al corriente de la discusión. Su conducta ante el retrato, ya lo hemos señalado, es historicista, notarial, pero aceptado este extremo hemos de abundar en el hecho de que esta opción se percibe más ante el retrato egregio que ante sus modelos humildes.

Acaso sea en el portentoso retrato del papa Inocencio X donde lo expuesto alcance su mayor grado de veracidad. Por todos los conceptos el retrato del pontífice se convierte, artística e históricamente, en un auténtico desafío para el pintor. En este caso, nos interesan tanto la realidad artística del retrato como varios aspectos de su intrahistoria.
En este manifiesto homenaje a Tiziano, Velázquez no rehuye la fealdad física del anciano sin embargo sabe compensarla con una sensación de monumentalidad que nace de la riqueza expresiva del rostro, la brillantez cromática y la pose (en la que respeta fielmente la tradición establecida). El pintor busca al hombre y su poder temporal más que al Santo Padre y su dimensión espiritual48. Gesto y mirada nos obligan a establecer el diálogo, subyugados ante su capacidad inquisitiva. Sin duda nos encontramos ante el talante enérgico y temperamental de G.G. Pamphili y no tanto ante el vicario de Cristo. El propio retratado captó en buena medida la profundidad de la obra si realmente pronunció ese comentario que se le atribuye: "troppo vero", natural, veraz, incluso hasta la íntima inconveniencia. A pesar de esta objeción (que es, a la vez, elogio) el pontífice, consciente de la extraordinaria calidad del cuadro, honró al artista y guardó a buen recaudo el retrato.

También Velázquez, que algo sabía de pintura, era consciente de la calidad de su obra y, de manera infrecuente en él, la firmó. Obviamente retratar al Santo Padre era un acto de gran importancia para él y su promoción. En este sentido la tela era un precioso instrumento. Quizá procurara un título (se ha hablado de una posible decepción al no recibir de Inocencio X la condición de caballero de la Orden de Cristo49) o cuando menos, con vistas a medio o largo plazo, la promesa por parte de la Santa Sede de apoyar su solicitud para el ingreso en una orden militar (recordemos que sólo la dispensa papal podía eliminar el posible impedimento por falta de hidalguía en el linaje de un candidato); esto último si lo obtuvo del satisfecho Inocencio X (promesa efectuada en diciembre de 1750 y que se haría efectiva, ya bajo el pontificado de Alejandro VII, en 1659)50. Con esa prudencia que le caracteriza, Velázquez (a la postre, funcionario de S.M.C. y, de hecho, en viaje de servicio) rechazó toda recompensa económica; tan sólo aceptaría del agradecido retratado premios honoríficos en reconocimiento a su virtuosismo: una medalla de oro y una cadena que el pintor conservaría hasta su muerte. El maestro ante tan trascendental cita artística pero también biográfica, se ve impelido a demostrar fehacientemente su valía dignificando su quehacer: de ahí la soberbia del retratista ante la energía del retratado. Velázquez se afana, con resultados altísimamente satisfactorios, en crear una obra maestra sin un sólo ápice de pleitesía o servilismo. Junto a la prudencia y la flema aflora la nota de orgullo de quien no quiere caer en la hipocresía de la falsa modestia. Es en esa altanera independencia del artista, en ese rigor, donde acaso retratado y espectadores apreciemos el "exceso" del cuadro que, a tenor de las palabras del pontífice, pecaba de ser "demasiado".

El caso de la galería de retratos del monarca, Felipe IV resulta, como no podía ser de otra manera, apasionante. Conviene que no olvidemos que dadas las circunstancias del lugar y la época, la dignidad del arte velazqueño reside en su condición de pintor del rey y que, en consecuencia, el valor de su pintura es sólo apreciable en tanto se crea por y para el monarca. Maravall hizo notar que si bien Velázquez retrató mucho al rey lo hizo pocas veces oficialmente. En los primeros retratos apreciamos un cierto distanciamiento canalizado en unas fórmulas retratísticas herméticas (todavía muy imbuidas por los patrones cortesanos anteriores) y una técnica muy controlada. Este distanciamiento, este "espacio" entre el monarca y el pintor/espectador es aún más vivo en los retratos de cuerpo entero, aquellos que simbolizan la esencia inmutable de la "maiestas". Con el tiempo, la relación personal se estrecha y Velázquez se aleja de los convencionalismos así como su técnica se va liberando, se va haciendo, en este campo también, cada vez más suya. Magníficos ejemplos de esta evolución son el llamado "Silver Philip" (National Gallery, Londres) y el retrato de Fraga (Frick Collection, N. York). En cualquier caso, esta mayor proximidad no implica que el monarca no se encuentre investido de una serenidad y una dignidad casi arrogantes. Aún la creciente fluidez en el tratamiento de los paños y los objetos presentes en el retrato no se extiende plenamente a la ejecución del rostro del rey. A partir de 1644 (desde el retrato de Fraga) transcurre un dilatado período (más de una década) en que no encontramos retratos del monarca. En una carta del rey a su confidente Sor Luisa Magdalena de Jesús, fechada el 8 de julio de 1653, escribe: "No fue mi retrato porque a nueve años que no se ha hecho ninguno y no me inclino a pasar por la flema de Velázquez, así por ella como por no verme ir envejeciendo"51. El rey parece rehuir tanto al implacable pincel del sevillano como a su carácter (resumido en la escueta alusión a su "flema"), quizá en los momentos en que más urgido estaba el maestro de retratar a su señor52. Bien conocía Felipe IV a su pintor: los últimos retratos conocidos (Prado y National Gallery, Londres) son sendos bustos, alejados de la retratística mayestática e inmersos en la noción del retrato de la "vera persona". Rey y artista habían convivido desde hacía ya más de tres década, ambos habían entrado en el otoño de sus vidas. La huella de los años se aprecia con claridad en los retratos, tanto en el semblante del monarca como en la manera del pintor. Los párpados caídos y la mirada triste nos revelan la penosa conciencia de un ser humano azotado por los avatares de su regia existencia. Refiriéndose a la tela del Prado escribió Sánchez Cantón que era tan sólo "un alma asomada a un rostro", el alma de Felipe, llamado "el Grande" y que fue consciente de sus limitaciones y sus errores. La manera del tiempo pero, en este caso, gracias al arte, en vez de decrepitud hallamos frescura, lozanía técnica y, más que nunca, comprensión y respeto. Aludiendo a estos retratos ha escrito C. Seco: "esa arrogancia serena y digna, pero distanciante, parece que debería hacer difícil nuestra penetración en la figura humana del personaje. Y sin embargo, no nos resulta antipática, ni provoca en nosotros el rechazo; hay en esta majestad algo que la hace sumamente atractiva; precisamente porque trasparenta la alta calidad moral de quien la encarna"53.

Apartado especialmente delicado de la retratística velazqueña y harto demostrativo de que nada humano le era ajeno, es el de los niños. En este caso, el pintor se aproxima a una humanidad peculiar, máxime si consideramos que en las más de las ocasiones se trata de miembros de la familia real en torno a los cuales se dan cita una serie de connotaciones ausentes del resto de la infancia. En diversos momentos retrató al príncipe Baltasar Carlos, desde sus primeros años (obras de Boston o Londres) hasta su adolescencia truncada por su prematura muerte en 1646. Velázquez plasma con simpatía a este niño, esperanza de todo un imperio. Su imagen está siempre controlada por los cánones (se trata de retratos conmemorativos, retratos para esponsales, etc...) pero ello no es óbice para que aparezca la ternura y suavidad de un heredero que era también un niño. Así, por ejemplo, el célebre retrato ecuestre del Prado, con la matinal frescura de su tonalidad y la gracia de la imagen (un muchacho que monta con destreza a un brioso corcel) irradia frescura y optimismo. La encantadora figura invita a la confianza en este mocito que hubiera sido hombre y a la esperanza en este príncipe que hubiera sido rey de no mediar la desgracia. La disposición compositiva de caballo y jinete y la insólita acción de cabalgar (única en toda la pintura velazqueña y muy escasa en la tradición del retrato ecuestre54) enfatizan estas sensaciones pues Baltasar Carlos era, como criatura y como heredero, el futuro.
La mayor parte de los retratos infantiles de Velázquez fueron realizados en el tramo postrero de su carrera y de su vida. El deseo de proximidad, de inmediatez se fue haciendo cada vez más intenso. Al igual que ocurre, como veremos, con los retratos de los bufones, Velázquez emplea con asiduidad al retratar a los niños un punto de vista muy rebajado que nos permite, o quizá mejor nos obliga, a ponernos a su altura, a verles desde donde existan no desde nuestra desenfocada atalaya de adultos. Estos últimos retratos responden en su mayoría a la solicitudes remitidas a la corte española desde diferentes lugares y muy en especial desde Viena, donde residía y gobernaba la otra rama de la familia Habsburgo. Hay algo de rutinario en ellos pero la ternura y la suavidad de que habían hecho gala los retratos de Baltasar Carlos no se pierden. Los diferentes retratos de María Teresa (esta ya de edad más avanzada) y, sobre todo, los de la infanta Margarita (incluido el portentoso integrado en Las Meninas) y el del príncipe Felipe Próspero así lo evidencian. Este último, genial , es una de sus últimas obras. El príncipe, de tan sólo dos años, nos seduce desde su inmaculada trasparencia. Todo en la obra es suave, ligero, volátil, como si la gravedad atrajera a la enfermedad que los amuletos pretenden ahuyentar: la manecilla sobre el terciopelo del asiento, la mirada del perrillo... . La puerta abierta del aposento es, una vez más, una invitación simbólica a la esperanza. Empero, algo hay de ceniciento en esta atmósfera barruntando que todos los anhelos, desde los biográficos (su propio nombre) hasta los pictóricos, serían estériles: este niño, el nuevo heredero del Imperio, moriría cuando apenas había empezado a jugar. Con él moría, de nuevo, la esperanza.
Si en los retratos reales y oficiales el paso desde el hermetismo a la fluidez se opera progresivamente empezando por el escenario y terminando por el rostro, en los retratos, más informales, de los personajes sin distinción social tal progresividad no se aprecia. En estos casos, la "revolución" velazqueña se produce rápidamente. Frente a la citada "reducción" a un común humano en los retratos de los personajes "memorables", en estos otros se asiste a una suerte de "elevación" a una dignidad que aquella sociedad no siempre reconocía. El ejemplo más significativo de lo que señalamos se encuentra en la galería de bufones, enanos (o "sabandijas" como se decía entonces) de la corte.

Hacía tiempo que estos seres moraban en palacio. Toda una tradición literaria (Erasmo incluido) veía en la simpleza y en la demencia de muchos de ellos un refugio de la verdad. Gracián, por ejemplo, recomendaba por aquellas mismas fechas su presencia junto a rey pues podían servirle a modo de "oráculos de verdad"55. Si aconsejable resultaba para muchos su presencia en palacio no opinaban lo mismo los tratadistas de arte acerca de su representación. Ya hemos señalado como el retrato debía plasmar lo memorable y, se entendía, que nada de ello podía haber tras la deformidad y la fealdad. Párrafos al respecto encontramos en los principales tratados de la época: Francisco de Holanda, Francisco Pacheco, Vicente Carducho, etc.... No parece que el racionalista Velázquez compartiera ninguna de las dos visiones. Quizá su opinión estuviera, respecto del primer aspecto, más cerca de la de Quevedo para quien poca lógica puede extraerse de un estado de irracionalidad56. En cuanto al segundo, sus obras y el naturalismo con que las encara no dejan lugar a dudas.
Se inclina el pintor al representarles por la función lúdica que estas criaturas desempeñaban. No hay lucidez en ellas. No se oculta en absoluto la deformidad física o la anormalidad psíquica. En el catálogo del museo del Prado de 1828 se anota a propósito de uno de ellos (el enano Sebastián de Morra): "pintado con franqueza y con mucha verdad"57. De nuevo la verdad en torno a la obra de Velázquez: mucha, demasiada... . El artista no sublima, no edulcora la imagen de este perfil de la Humanidad; pero siempre está presente y se nos obliga a concederles la dignidad de lo que realmente son, humanos. Por eso se nos sitúa a su altura, la representación no nos concede la más mínima sensación de superioridad respecto del retratado. Ortega y Gasset señaló que hay tras los bufones una "ethos" dignificadora que emana de un valor, profundo y conmovedor, triste y dramático que no es otro que el de la propia existencia58. Mediante el verso, la pluma de V. Aleixandre también se asoma atinadamente a esta "ethos" introducida por el pintor, cuando escribe, acerca del llamado Niño de Vallecas:
"Si le miráis le veréis hoy ardiendo
como en humeda luz, todo él envuelto
en verdad, que es amor, y ahí adelantado, aducido,
pidiendo, suplicando sin vos: pide ser salvo...
Miradle sí: salvadle. El fía en el hombre.59

Muy ilustrativo en esta línea de "igualación" en lo humano resulta el espléndido retrato que Velázquez realizara de su criado-esclavo y aprendiz Juan de Pareja (Metropolitan Museum, N. York). Según Palomino el retrato fue realizado para "hacer mano" ante el encargo del retrato de Inocencio X. Algunos investigadores (Maravall, P. Sánchez, J. Gállego entre otros) así lo creen y por tanto la obra sería anterior a la imagen del pontífice. Para otro grupo (J. Brown, E. Harris, F. Marías) la obra sería posterior. No nos interesa ahora demasiado esta polémica hasta la fecha no cerrada pero si el parangón establecido entre ambos retratos. En el de Inocencio X el pintor no tiene reparos en pintar la fealdad, el recelo, la vulgaridad que emanaba de su figura. En el del esclavo mulato tampoco se arredra en mostrar una altivez aristocrática, una pose elegante sólidamente apoyadas en la firmeza de la mirada. Conviene considerar que aquí, de nuevo, el artista no sólo se movía por su propia ideología retratística sino también por razones personales. Si el retrato del papa Pamphili era un reto, no menos valor en los círculos artísticos romanos (recordemos que ambas obras fueron pintadas durante el segundo viaje a Italia del artista) tuvo este cuadro, exhibido nada menos que en el interior del Panteón de la Ciudad Eterna. El mismo año en que le retrató, 1650, Velázquez concedía la libertad a este peculiar esclavo aunque quedara comprometido a servirle durante cuatro años60.
Nuestro periplo por la retratística velazqueña concluirá, como no, en La Meninas. Se ha hablado de ellas como del testamento pictórico del maestro y, por ende, retratístico e histórico. Para el presente análisis es un magistral compendio, una auténtica "hora de todos" igualados, nivelados por la pintura, cuyo ministro (su cabeza está en la obra por encima de todas las demás, incluidas las de los reflejos reales en el espejo) está dando fe del hecho, de la historia pues como, ha señalado F. Marías, el cuadro parece ser un "retrato historiado" o acaso una "historia retratada". La prudencia había presidido el ser histórico del pintor y algún estudioso ha visto en el espejo la simbología de la misma materializada a través de ese mito pictórico61. Algo de eso puede inferirse si aceptamos la tesis del "retrato imposible" del rey, ¿no era acaso ese espejo de Las Meninas la más prudente-inteligente de las posibilidades?.

Respecto de Velázquez se ha hablado de anticlasicismo y de pseudo antihumanismo. Creemos que si bien no fue un clásico "stricto sensu" tampoco fue un anticlásico sino alguien genuinamente veraz. En él perviven ciertos ideales del clasicismo interpretados en una clave propia, naturalista. Su formación, su vida y su obra permiten atisbar rasgos de un estoicismo cientifista, talante propio de un conspicuo testigo de una época en la que confluyen grandes ortos y grandes ocasos. El gran pintor sevillano debió sentir como el sabio griego: "no lamentarse ni alborozarse, no llorar ni reír, sino comprender".


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1 Francastel (1988), p.9.
2 Quevedo (1972), p.192.
3 Weisbach (1920), p.57.
4 Palomino (1724), p.892
5 Abellán (1981), p.209.
6Abellán (1981), p.214.
7 Ganivet (1966), p.9.
8 Vilar (1983), p.337.
9 Elliott (1990), p.47.
10 Marías (1995b), p.13.
11 Marías (1995b), p.88.
12 Elliott (1990), p.77.
13 Vosters (1990), pp.325 y 357.
14 Asturias (1977), p.7.
15 Abellán (1981), p.221.
16 Morán (1995), pp.43-44.
17 Pacheco (1956), p.154.
18 Vosters (1990), p.323.
19 Vosters (1990), p.324.
20 Ortega y Gasset (1970), p.212.
21 Vosters (1990), pp.324-325.
22 Rico (1991), p.347.
23 Ponz (1772-1794), p.12.
24 Quevedo (1972), p.1081.
25 Gállego (1991), p.184.
26 Elliott (1990), p.38.
27 Asturias (1977), p.6.
28 Quevedo (1972), p.964.
29 Ortega y Gasset (1970), p.33.
30 Pita Andrade (1991), p.110.
31 Pérez Sánchez (1990), p.27.
32 Quevedo "Silva al pincel". Cit. en Checa (1994), p.192.
33 Checa (1994), p.180.
34En su trabajo citado, F. Checa enumera hasta 55 obras de Tiziano que formaron parte de la colección real española, la mayor parte de ellas aún conservadas en España (Museo del Prado y monasterio del Escorial).
35 Boschini (1660), p.104.
36 Calvo (1991), p.219.
37 Orozco (1982), p.422.
38 García Berrio (1991), p.308.
39 Maravall (1987), p.79. La de Velázquez es, para él, "pintura en primera persona".
40 Maravall (1987), p.150. Para la afirmación de Ortega véase Vosters (1990), p.403.
41 Conviene traer aquí a colación como Leibniz objetó al espacio absoluto planteado por Newton la posibilidad del movimiento. Ante la respuesta de los newtonianos de que si existiera en ese espacio absoluto no sería observable. Leibniz replicó que "el movimiento es independiente de la observación pero no de la observabilidad" y esto, obviamente, tiene una dimensión fundamentalmente visual. Véase Martínez Marzoa (1975), p.134.
42 Ortega y Gasset (1970), p.36.
43 Asturias (1977), p.9.
44 Pérez Sánchez (1990), p.56.
45 Maravall (1987), p. 132.
46 Vosters (1990), p.375.
47 Marías (1995b), p.66.
48 Antonio (1996), p.48. La autora apunta que Velázquez actúa de forma análoga con otros retratados, citando el ejemplo, significativo por haber servido como modelo en diversas ocasiones, del conde duque de Olivares. Desde estas páginas no insistiré en este extremo pues ello no haría sino abundar en lo esencial sobre la idea que proponemos.
49 Marías (1995b), p.94.
50 Marías (1995a), p.270.
51 Pita Andrade (1991), p.120.
52 F. Marías ha sugerido la idea del "retrato imposible" de Felipe IV en Las Meninas, véase (1995a), p.267 y ss.
53 Seco (1991), pp.141-142.
54 Gállego (1990), p.243.
55 Gracián Tratados políticos. Cit. en Emmens (1961), p.54.
56 Véase por ejemplo la noción de la locura que Quevedo plantea en La cuna y la sepultura.
57 Gállego (1990), p.328.
58 Ortega y Gasset (1970), p.218.
59 Aleixandre En un vasto dominio cita en Antología del grupo poético de 1927 (1984), p. 200-201.
60 Marías (1995b), p.96.
61 Emmens (1961), p.52.